martes, 27 de junio de 2023

SENTENCIA CANINA (Microrelato)

 





Gruñía, sin apartar sus ojos negros del ladrón. A través de sus dientes el veneno brotaba espumoso, por esa razón íbamos de camino al veterinario para vacunarla, pero antes de llegar fuimos robados. El atracador llenó sus bolsillos con todas nuestras cosas de valor, y su piel desgarrada por los colmillos de Reina, acogió las fiebres del contagio.



domingo, 23 de abril de 2023

El aprendiz




Hoy me enseñó a mirar

Ella tiene la mirada borrosa, así como se tornan los vidrios de la ventana que dan a la calle al empañarse. Lo que ocurre al otro lado del cristal de su mirada no existe, existe únicamente la verdad por la supervivencia.

– Las ventanas no han dejado de llorar desde que la vida se jodió – Dice ella con su mirada fija en el cristal, tratando de encontrar en las imágenes ilegibles los días que se fueron y jamás volverán.

Me enseñó a meditar

Con el paso de los días he descubierto que detrás de la intensidad con la que ella mira cada objeto, vive el enorme deseo de detener el tiempo: capturar ese momento y quedarse en ese bucle de tiempo aferrándose como un latido único y eterno. Su respiración también se detiene, y he llegado a pensar que el torrente de su sangre dentro de sus venas hace lo mismo. Todo se pausa, a pesar de que las palabras continúen saliendo de su boca, como si tuvieran vida propia, habla casi sin mover los labios cuando su corazón baja el ritmo y todo se convierte en calma.

Nos aventuramos en las noches, aprovechamos para sacar la basura y las bolsas con los restos. Salimos cuando sabemos que no nos vamos a encontrar con nadie. Un seguro portador de la enfermedad, en los casos en los que nos hemos cruzado con alguno, ella es la que les hace frente. Muchos hacen un saludo y siguen su camino. Mamá devuelve el gesto sin pronunciar palabras, lo mismo hago yo siguiendo las advertencias precisas que ella me ha dado.

Ya se cuándo callar

– No hablar ni contestarle a nadie, el aire es el puente de la muerte – La gente cree que soy mudo, aquellos que no nos conocen piensan eso, he escuchado cuando lo afirman. Los raros nos dicen, tenemos la suerte de no escuchar sus calificativos gracias a que son contadas las veces en que nos los hemos cruzado. Son más los que pasan frente a la casa haciendo burlas o advirtiendo que aquí vivimos un par de anormales.

Nos hemos prometimos nunca olvidar a papá

Los quejidos de papá en sus horas de agonía, día por día se han ido aminorando. La casa guarda todo de él. Sus momentos de dolor se quedaron en las grietas como cicatrices. Dejó de alimentarse y las pocas cosas que lográbamos darle las devolvía, su respiración forzada vive en las rendijas de las ventanas, cuando el viento se mete silbando en agudos tonos. Cuando trataba de hablar el sonido de las palabras desaparecía de sus labios, terminando de darles forma con la gesticulación de sus labios. El día de su muerte se resumieron las angustias, se alargaron segundo a segundo, pedía con su mirada que no lo dejáramos ir. Por mi parte no deseaba alargar su sufrimiento. Si en mis manos hubiese estado le habría ayudado con una almohada sobre su rostro. Su dolor era mi dolor, creo que mamá tuvo la intención, pero su rabia y su deseo de hacerse daño ella primero le ganaron. No ha dejado de culparse por haber olvidado limpiar el paquete portador del virus. No debí haberles contado que el mensajero tosió varias veces antes de dejar el paquete. Los últimos días de papa se sucedieron en mi cuarto, mamá y yo pasamos a compartir el de ellos.

Se fue queriendo tener más tiempo para contarme todo lo que había aprendido antes y después de conocerse al enamorarse formando nuestra familia. Aunque ella no quería, lo acompañamos hasta su último momento. Porque ese fue su último deseo. Nos despedimos en familia envueltos en nuestro dolor. Cuando llegaron los funcionarios de la secretaría de salud, nos revisaron a los dos. No presentamos síntomas, ella como siempre ya tenía todo previsto. Usamos nuestros trajes de astronautas en todo momento desde que se supo que papá presentó síntomas, usamos los trajes a riesgo de que no sirvieran de nada todos habíamos tenido contacto con el paquete que contenía irónicamente los elementos de desinfección.

Hoy supe que ser fuerte, es tener carácter.

Mamá siempre ha sido muy fuerte, yo he ido aprendiéndole, especialmente cuando se ha encerrado en su cuarto para ocultar su dolor, su miedo. Descubrí que los tiene, la primera vez que la escuché llorando en su cuarto, sabe disimularlos muy bien, nunca le he dicho que lo sé. Podríamos entrar en discusión y es mejor evitarlo, no me gusta ver su transformación cuando se envuelve en su ira demoledora.

Muchos creen haber regresado a la normalidad, o así lo han querido demostrar. Pero la verdad es que la única normalidad es la que vivimos nosotros. No hemos bajado la guardia, nos quedamos en casa y vivimos cerrándole las puertas al seguro regreso la muerte invisible, Por eso todo lo que nos llega es recibido por la portezuela, no tenemos ni siquiera contacto visual, no debe haberlo ahí puede estar el riesgo.

Ella es mi profe en mis horas de estudio, juntos somos un equipo.

Desocupamos la bodega abajo de la escalera donde permaneció amarrado el cuerpo del hombre desconocido, hasta que dejó de quejarse cuando la bolsa con la que le envolvimos su cabeza ahogó sus incomodos quejidos. Lo ignoramos, según las cuentas de mamá su agonía tardó hasta que se terminó el aire; con la bolsa esperábamos evitar el inminente contagio.

Repasando los hechos: El tipo se metió en la casa justo cuando salimos a dejar la basura que para esos días poníamos en el frente de la casa sin importar las quejas de la gente, evitábamos caminar, exponernos. Ninguno de los dos lo advirtió. Lo fuimos a encontrar en la cocina merodeando las ollas del almuerzo. Se notaba que andaba en la calle por su olor y por la ropa que vestía. Al vernos trató de explicar que solo quería comida, yo quedé petrificado, ambos él y yo nos miramos como dos animales asustados aterrados el uno de otro. Ella de inmediato se transformó, eso me asustó más. Tomó acción de una manera tan rápida que no vi venir nada. Ni el tipo ni yo tuvimos tiempo de cruzar palabras.

– Lo ves hijo, porque no se puede bajar la guardia – Dijo luego de derribar al tipo de un solo golpe en la cabeza con el martillo. Creo que ya lo traía en sus manos cuando entró en la cocina tapándose la boca al tiempo que atacaba. No vi cuando busco el martillo, todo en mi memoria está borroso. Cuando trato de recordar las cosas los hechos pasan demasiado rápido. Tengo escenas cortadas. A pesar de que habíamos hablado y preparado las cosas para una situación como esa muchas veces, llevarlas a cabo en caliente requiere experiencia. Para eso estaba mamá a mi lado para hacérmelo entender con su ejemplo. El tipo por su parte debe estar allá en ese lugar al que van los muertos, preguntándose qué fue lo que pasó.

Lo que mamá te enseña no se olvida

Lo que pasó señor muerto: fue que tuvimos que buscar en línea un congelador que nos pudiese servir para guardar mas mercado y de esa manera reducir las exposiciones y las salidas. Cuando llegó el que escogimos de color gris plata. Pudimos acomodar el mercado sobre el vidrio oscurecido con un plástico, debajo del cual acomodamos las partes de su cuerpo, incompleto para el día de hoy, pues cada tercer día hemos salido muy sigilosamente a dejar parte por parte en diferentes alcantarillas y desagües.  Esa es una de las misiones de cada noche, en uno diferente cada día hemos ido dejándolo. los días en los que ha llovido hemos hecho hasta tres salidas aprovechando la corriente de agua y la poca visibilidad.

Han pasado 20 días señor muerto, nos realizamos la prueba y el resultado fue, por fortuna negativo. Pero como dice ella y como todos sabemos, las mamas son sabias: - Es mejor prevenir no hay que bajar la guardia - Uso las mismas palabras de la mía.

Hoy aprendí que matar por defensa, no es matar


miércoles, 24 de agosto de 2022

Primero el DOS y segundo el UNO



 

DOS

- Escúchame, tengo muy poco tiempo Jesica acabo de escapármele al jefe. No te había podido llamar, el teléfono estaba descargado, ¿Anoche usamos condón cierto? –

- Sí, pude darme cuenta. Había estado llamándolo, porque tengo la misma duda. No encontré nada en el suelo del cuarto ni la basura del baño. –

- No me digas eso, la cosa es delicada, al salir te busco y hablamos, no puedo hablar más tengo que colgar -

Anoche conservó dos copas que se llenaron y vaciaron numerosas veces. Dos orgasmos continuos se vivieron, en el primero ella se puso abajo. Luego pasó arriba. Dos sombras recibió la pared, la de rasgos masculinos al inicio y la del perfil femenino y cabello desordenado, al momento de caer el telón que cerraría el día, con su contagioso como regalo.

 

UNO

Varias tardes lleva Gerardo sentándose a la hora propuesta en las notas arrojadas bajo la puerta, a esperar a que por el costado norte de la plaza llegara al fin ella. Le dijo que se llama Tatiana , sus rasgos: Cabello negro rizado, acabado de peinar, ojos achinados marrones con una misteriosa línea que rodea el iris con un violeta oscuro, labios medianos que caen hacía la izquierda cuando preparan una sonrisa. Al hablar destaca mucho la letra ese en sus palabras, parecen un leve silbido. Ese y el día anterior, cuando Gerardo llegó al local ella tenía en su camisa sobre el hombro derecho una mancha de tonalidad verde, que él no logró identificar bien de que se trataba. No pudo lograrlo porque su atención estaba centrada en ese efecto tranquilizante que le causaban las palabras dichas por ella, además había otro efecto particular en el tono de su voz. Cada vez que decía algo, un estallido levemente imperceptible similar al de una bomba de jabón al reventar se quedaba en el aire como una lluvia de escarcha, colores convertidos en sonidos. Su llegada al lugar había sido hacía la hora de cambio de turno. Por esa razón fue que pudieron hablar sin apuros. Gerardo pensó mucho sobre cuánto le gustaría poseer la habilidad de detener el tiempo. Fue fácil sentir que el agrado era reciproco. Hablaron de las cosas buenas que cada uno tenía para contar. Al final de su segunda charla, ella le había dado su dirección, quería que cambiaran de lugar, que se tomaran ese café allí donde el paso del tiempo no importara. Tatiana le había apuntado la dirección en una servilleta. Lo último que se dijeron en la parada de bus, fue que al otro día él la esperaría de nuevo, para concretar la fecha de su cita en el apartamento de ella. Las cosas no se dieron. Tatiana no sabía que a la mañana siguiente sería despedida de su trabajo sin previo aviso, por esa razón no alcanzó a esperarlo. Contaba con que él llegara a donde ella vivía, lo espero mirando a la ventana a diferentes horas. No tenían teléfonos como comunicarse, únicamente el del local, el del trabajo donde nunca la pasaban porque no estaba permitido sino para los casos de emergencia. Ocasionalmente reciben los mensajes que se dejan, solo a veces. Gerardo por su parte hizo la labor de buscarla, apenas supo que se había quedado sin trabajo y hasta había recomendado entre sus conocidos por uno nuevo. Fue a visitarla a la dirección que ella le había anotado en la servilleta. No tuvo suerte de encontrarla. Decidió entonces empezar a dejarle notas, con el numero de su vecino, el zapatero para que le dejara razón de sus horarios. Gerardo había concluido pensar que si no la había encontrado era por que ella había encontrado pronto un nuevo trabajo, y que el horario le había cambiado mucho a comparación con el del local. En sus notas le dejó la ubicación del lugar en la plaza en la que la estaría esperando. Describió la silla, el jardín y las flores que hay al respaldo de esta, los locales que desde ahí se pueden ver. La vida los había puesto a corta distancia, sin que llegaran a saberlo. Ella trabajaba ahora a media calle del punto de encuentro propuesto. El horario era similar al que tenía antes. La razón de su desencuentro, se debía a que en la dirección copiada en la servilleta le faltaba el número UNO, ese dígito había sido borrado por una mancha de café y en su lugar podía distinguirse otro diferente. 

- ¿Qué mala impresión le habré causado para que no me quiera buscar? - Era la duda que lo asaltaría, de día y de noche.

domingo, 31 de julio de 2022

Mirando arriba


 


Teníamos la costumbre de recostarnos en el suelo con Jorge, sobre el pastal al lado de la cancha de futbol los sábados en la noche, apenas salíamos de su casa o la mía luego de haber visto el capítulo de esa noche en la serie La misión del deber. De fondo teníamos ese techo negro que al despejarse algunas luces dejaba ver, casualmente muchas de esas noches las nubes estuvieron ausentes, nos entreteníamos con el destello de aquellas contadas estrellas que lograban verse. Por largos instantes  permanecíamos en silencio cazando estrellas fugaces. Aprovechando el paso de cada una para pedir los ingenuos deseos, que imaginábamos terminarían haciéndose realidad. Cuando el silencio era interrumpido, presumíamos nuestras novias al tiempo que nos planteábamos preguntas acerca cual sería nuestro futuro en esos años por llegar. Hoy años más tarde en otro lugar, pero en la misma cuidad con mi cabeza cana y con algunas historias pendientes por contar. Me he recostado a interpretar el mismo cielo, como el músico que lee después de mucho tiempo la partitura de una canción archivada, olvidada. En ese pastal, el cielo también había envejecido se notaba opaco, era sábado de nuevo, pero esta vez estaba solo sin ese amigo, sin su amistad, distanciados por el tiempo. En esta ocasión no había silencio, un grupo de jóvenes tenían uno de esos aparatos tecnológicos diminutos con sus estrafalarios parlantes en los que sonaba una canción de esas que llaman hip hop, con una letra muy adecuada a los devenires que empezaban a aparecerse por mi memoria.  

 

“De niño tenía fuerza sobrenatural,

saltaba montañas y despejaba cielos como un vendaval,

tenía hermanos, primos y parceros.

Hermanas, amigas y novias amantes de seda de cuerpos electrizados como los aguaceros.

 

Otra vez de noche. El pasto sobre el que permanecíamos recostados estaba húmedo, unas gotas eran de agua otras del sudor emanado. Aliana arriba mío agobiaba mi cara con el meneo de sus senos, el cielo que alcanzaba a ver tenía una similitud al de esta noche. Ese día el frío fue intenso, en la tarde había llovido, por eso la piel del pecho y del abdomen de Aliana lucía brotada por sus poros cerrados. Mis manos huyéndole al frío se refugiaron agarradas de sus nalgas desnudas debajo de su falda, ayudando a intensificar el ritmo en cada subida y bajada. Con sus manos ella se sujetaba a la pared trasera de la capilla, esa que daba justo al respaldo del altar. La fiesta había terminado a las tres. Nosotros a las cuatro. Agotados de baile y pasión, ella luego de cerrar su blusa se recostó sobre mí sin cambiar de posición. Por encima de su hombro mis ojos buscaban aquella luz estelar que al pasar escuchara mi deseo con la intención, de que pausara ese momento eternamente y que lo cumpliera a cabalidad. Por una hora nos quedamos dormidos, despertamos justo antes de que empezaran a llegar los feligreses para la misa dominical de siete.

 

“ Al que me hizo llorar, al otro que mi risa vio brotar,

al que llamé enemigo y al que como yo hoy recuerda lo que fue visto y lo que se dijo.

Hoy pongo al cielo como testigo, que sigo vivo por lo que cuento recuerdo y revivo.

Eres parte de mi paz, de mis rabias y de los designios,

Si en mi vida estuviste, como cicatriz o caricia vuelvo a sentirte.

Cicatrices como días, caricias como noches”

 

Alguna vez de esas, recostados mirando al cielo han sentido que son atraídos a una caída infinita, o que el cielo al mover sus nubes causa esa sensación de que estamos volando. Con las piernas estiradas sujetaba al pequeño Dilan, lanzándolo hacía ese fondo azul y recibiéndolo devuelto al rebotar con los  algodones blancos, recostado sobre el tapete verde en la planicie de una montaña de la sabana. Dilan reía con todo el ímpetu de su niñez haciendo estremecer mi corazón. Su felicidad era inevitable, yo disfrutaba verlo alzarse en vuelo desacomodando el viento que arriba sostenía las cometas icónicas que cada agosto repuntan sobre el cielo bogotano.

 

“Cuando me vaya no cierres tu puerta sin darle el adiós a mi recuerdo,

por mi parte te voy a llevar en esta canción,

que sabe a ti como a mí porque habla de los dos:

por eso no te alejes disgustado y que te gane la rabia,

cuando en nuestros corazones hay amor todavía.

Cuando el tiempo nos aparte,

nómbrame en paz, como lo hago yo ahora que te llamo a mi lado.

sin pausar

singular

sin parar

sin dudar.”

 

La música se acabó, esa canción desconocida en mis recuerdos se implantó. Mientras mis ojos ebrios de firmamento buscaban a esa estrella que tantas veces los sábados pasó a visitarme, en las diferentes épocas en las que me recosté a esperar cuando llegara a presumir su alegría mientras yo aprovechaba la oscuridad para esconder la sombra mía.


domingo, 17 de julio de 2022

Beso aterciopelado


 

Las bocas están hechas de palabras y los besos son su alma.

 

El aire sabía a sus palabras. Llegó a la tienda como acostumbra en las tardes a abastecerse. Unas veces lleva granos, aromáticas, café, galletas, arroz, algunos paquetes y un par de cervezas. Para que no tenga que caminar lejos de aquí, me he abastecido de algunas legumbres, las que le he escuchado decir que le gusta comprar junto con esas sopas instantáneas y mucho queso.

Su boca esta cerrada, es esquiva y delincuente.

Llevaba cuatro días sin pasar a comprar. Por poco me encuentra esperándola por tercer día en la entrada mirando hacia los dos lados de la calle, a pesar de que sé muy bien por donde es que llega habitualmente. Justo antes de entrarme a atender un cliente que estaba entrando en la tienda, como un animal doméstico, sentí su presencia. Eso nunca me había pasado y tampoco me quise ilusionar, sentí que me estaba sugestionando. Solo me faltó echarme en la entrada y empezar a gemir. Estaba muy atractiva, a pesar de que se le notaba cansada. Sobraba preguntárselo, sentí que no debía hacerlo, por eso mejor decidí obsequiarle dos de esos caramelos que de vez en cuando lleva.

– Llévelos para que endulce su semana, y se escape por un momento de la cotidianidad, un obsequio – Le dije mientras le empacaba lo que compró en la bolsa que siempre carga para sus compras. Su boca dispuso una menguada sonrisa sincera y atractiva.

Boca que sabe lo que tiene. Muerde negando su deseo al tiempo que miente.

Yo no soy muy bueno hablando, se puede decir que soy un ser ahorrativo de palabras. Observo, escucho y respondo. Algunos clientes llegan y se ponen a hablar, a contarme sus vidas sin preguntarles. Mi labor consiste en escucharlos contestando apenas lo necesario. Ese martes se pusieron de acuerdo los clientes frecuentes, me enteré de tantas historias como no me había pasado nunca, muchas de las que la verdad no tenía necesidad de enterarme, quería saber de ella, llevaba varios días pasando de afán, su horario había cambiado. Apenas si se dejaba ver, su tiempo era escaso. Cuando estaba llegando la hora de cerrar llegó afanada saludó, sudaba. Compró, pagó y como si en la puerta hubiera un cartel que dijera, además de atender la tienda me gusta escuchar sus historias, ella también traía la suya. Desconociendo de entrada que me sé muchas de las que tantas veces ha ido hablando mientras usa su teléfono. Me contó sobre un asenso en su trabajo, de lo feliz que eso la tenía, que su tiempo debido a eso se había reducido y que llevaba tres días llegando y encontrando cerrado. Que ese día se había podido escapar antes para poder abastecerse. Había tenido que comprar algunas cosas cerca de su trabajo, mas costosas y de menor calidad. Compró más de lo que podía llevar sin pensar en ello, obligándose a comprar bolsas plásticas. Eso me hizo entender que esa era la oportunidad de poderla acompañar, y de paso poder seguir escuchándola. Se lo hice saber, le pedí que me esperara mientras cerraba, la ayudaría a llevar todo, para que no tuviera que dejar nada. Dejé pendientes las cuentas de cierre para el día siguiente. Caminamos hasta su apartamento, ella era la encargada de llevar las riendas de la conversación. Yo la escuchaba como a una canción, esa que te sabes, no completa, pero que gustosamente estas dispuesto a aprendértela. Al terminar de dejarla con sus compras. Allí de pie en la puerta de la entrada, me regaló en agradecimiento un extraño vaso porta esferos para que le diera uso en la caja registradora. Me despidió lanzándome un beso volador que dejó una estela de neón brillante en su recorrido, hasta alcanzarme.

 

Me debes un beso prometido, que me dispongo a cobrar.

En nuestra conversación, mientras ella decía la mayoría de las cosas. Intercambiamos los números de teléfono, en adelante ella, me regalaría una llamada para pedir que le tuviera listas las cosas que estuviera necesitando. Al cierre la esperaba. Hice poner una reja, por seguridad claramente, para poder atender a los que como ella llegaban tarde. Gracias a ella y su nueva hora de llegada, descubrí nuevos clientes, esa gente nocturna, aquellos que constantemente se la pasan huyéndole al día. Apenas llegaba le hacía pasar, tenía las cuentas listas y empezamos a volver cariño el hecho de acompañarnos, ella vive cerca a la tienda. Yo debo ir un poco más lejos. Para eso utilizo la bicicleta. Nos vamos llevando sus compras, ella lleva mi bicicleta, yo sus bolsas de tela, tuvo que comprar dos más, una sola se quedaba corta y no es de su gusto gastar en bolsas plásticas, al inicio eso me parecía mal. La verdad me pasaba con muchos clientes pensando en mi negocio, no en la razón que los motiva a no gastarse el dinero en algo que después de usado se debe desechar. A la semana de andar en esas, en agradecimiento ella me invitó a comer, en un sitio de comidas nuevo. También empezó a despedirse de beso en la mejilla. Ese fue un avance enorme.

El sabor de tu boca.

Era un miércoles, ella se pudo escapar del trabajo mucho antes, mientras la tienda tenía el aviso que puse el día anterior – Mañana atiendo hasta las ocho de la noche -. Muchos advirtieron que tenía una cita, aunque no me lo dijeron directamente. Desde la hora del almuerzo me había puesto la ropa que llevaría a la cita. La noche tenía un dulce olor a flores.

Al lado de la parada del bus, un local de comidas rápidas tenía la visita de un cliente infrecuente, de mirada atenta a cada bus que se detenía. Pidió solo una bebida, en su mano izquierda una bolsa de papel portaba lo que parecía ser un regalo. Era joven, aunque su semblante se asemejaba al de un hombre mayor.

Desde la parara del bus no tuvimos que caminar mucho hasta el lugar al que ella me había invitado, la especialidad era comida latina y las bebidas también. La música era agradable, ella parecía más ligera, sus movimientos eran sencillos y despreocupados. Estaba diáfana y alegre, esa noche me sentí confiado y hablé tanto como ella, lo que no pude dejar de hacer continuamente fue mirar su boca, a la espera de una señal, de un gesto que le diera la pauta del acercamiento a la mía. De regreso a su casa el tiempo se desprendió de las cosas, todo hacía referencia a ella. Cuando estuvimos en la entrada de su apartamento me agradeció por el regalo, yo por enésima vez lo hice por la invitación. Nos despedimos sin que me lo esperara, ella empezaba a cerrar la puerta sonriendo y fue allí cuando su boca hizo el gesto que la mía entendió de inmediato como la inercia similar que emanan los eclipses formaron una luz y su sola sombra.

Con el ímpetu de cada labio y la necesidad de ese beso extraviado, nos rendimos al tributo inevitable de la atracción.


domingo, 5 de junio de 2022

A un voto de distancia

 


Arnulfo está dejando morir las flores que Margarita cuidó tan bien, pero, qué puede esperarse de alguien acostumbrado a velar únicamente por sus propios intereses, siguiendo los pasos de esas ideologías en las que se quedó enfrascado. Ahora que vienen las votaciones, se le ha dado por ocultar su preferencia, preciso a estas horas del partido. Acá en mi casa pusimos el cartel de nuestro candidato, que tiene todo para ganar al final y ser el escogido para dirigir en los próximos cuatro años. Eso debe ser que este año si entró en razón y ha entendido a quien hay que apoyar. Solo que no pone ningún tipo de propaganda para seguir llevándonos la contraria a los que tenemos la razón.

Ya era hora que entendiera, que se equivocó al elegir ese camino que optó por seguir desde hace doce años, al dejarse llevar por su terco temperamento, y los malos consejos de toda esa gentuza con la que anda. Si las cosas no hubieran sido de esa manera, seguro que hubiera podido estar a su lado el día del entierro de Margarita. Tengo que reconocer que ese ha sido el día en el que más he extrañado esa grandiosa época en que éramos más que vecinos. Ese corazón que espero la política no haya cambiado mucho, debió haber pasado por momentos muy duros en esos días. Sin que ninguno en su familia se enterara, yo le he pagado varias misas a la memoria de la querida Margarita, con ella continué cruzando palabras, una que otra vez cuando nos encontramos por la calle. Hasta estuve por ir a encararlo y pedirle que se retractara de todo lo que me dijo el día en el que decidió inclinarse por el candidato de la oposición, para saber que a pesar de que ganaron en esa ocasión, nada cambio la mala administración hecha por ese tipo por el que Arnulfo votó, fue la peor de las últimas tres décadas. El siguiente mandato fue el del desquite. Tengo que admitir que la cosa no mejoró mucho con nuestro candidato, ese fue otro que dejó mucho que desear. Yo sé que Arnulfo no me va a reconocer que se equivocó, y no puede esperar que de mi parte haga lo mismo. Nosotros con el voto lo único que hacemos es poner al siguiente sujeto arriba. De cagarla se encargan ellos solos, y uno es el que queda mal con quienes se ha encargado de convencer para que den su voto, por el candidato de turno en el partido.

He notado que este año no ha puesto los debates por la radio, para incomodarnos, debe ser que se dio de cuenta que la cosa ya estaba perdida desde el comienzo. Este año tienen un candidato que se ha quedado de lejos en las encuestas, lo que ya viene dándonos la delantera. Me gustaría ver su cara el día de las votaciones finales. Este año si que me gustaría, quedarme con su imagen de derrota por última vez, ya que decidimos radicarnos con Rosalba, debido a la salud de ella, en nuestra casa de Vergara. Cuando pueda regresar de paso, le echaré una mirada por la ventana, si se deja ver. me imagino que el bajonazo por la derrota le durará varios días.

Instalarnos nos ha tomado toda una semana, cada día hacemos las cosas con más lentitud, en especial mi Rosa, está más quedada día por día. Por mi parte no ha sido fácil adecuarme del todo al cambio. Venir por temporadas a la casa siempre fue agradable. Pero entender y acoplarme a vivir todo el tiempo en este lugar es realmente un esfuerzo que estoy haciendo, si Rosalba se pudiera quedar sola como antes, ya me habría regresado. Bogotá me hace falta, todo ha sido por ella. Cuando terminaron las votaciones, ya llevábamos un mes de estar viviendo en este clima cálido que le ha sentado muy bien a ella. Yo no he tenido problema me he aclimatado siempre fácil cuando me ha tocado, aunque después de la dolorosa noticia ya nada volvió a ser igual. Justo el día de las votaciones, regresé a Bogotá para ir al punto de votación. Todo iba transcurriendo normal, en la mitad del conteo de votos ya éramos ganadores, en el momento en el que me iba enterando de la situación, la llamada de mi nieta Lorena me sorprendió. Ella se encontraba con la familia de Arnulfo. Ese día me tuve que enterar de dos asuntos que me pusieron los pies en la tierra como nunca me había pasado. Lorena llevaba ennoviada con Camilo el nieto de Arnulfo, llevaban casi año y medio. En la casa no me habían dicho nada por temor a que les armara un escándalo. Ya se me había hecho raro que no hubiese pasado antes con otro de nuestros familiares. No había terminado de digerir la noticia, estaba por preguntar si Arnulfo estaba enterado, ese hubiera sido un buen motivo para que por fin bajara la guardia y de pronto nos volviéramos a hablar. Eso a él también le debe estar haciendo mucha falta, y más después de llevar dos años de viudo. La voz de mi nieta me regresó de mis cavilaciones, para soltarme la otra noticia que me aplastó el corazón. Esa mañana Arnulfo había fallecido. Una silenciosa pero voraz leucemia se lo llevó en tres meses. De inmediato me fui en busca de mi nieta, ella me dijo que tenía que mostrarme algo, que tenía que ver con mi antiguo amigo y vecino de media vida.

Nos encontramos justo en el hospital en el que lo habían internado desde hacía una semana. Lo que nuestros nietos me tenían era una carta, escrita por Mónica la hija menor de Arnulfo, sentada a su lado escribió lo que él fue dictando,  la despedida de su amigo que no había olvidado a pesar de las absurdas consecuencias de nuestra separación, la carta decía:

Siempre recordado Vicente,

Por medio de las manos de mi hija te escribo, quiero agradecerte por la amistad que me diste, y de paso te pido me perdones las palabras que te dije el día que discutimos a causa de nuestras diferencias en el tonto favoritismo político. Reconozco que a los dos se nos fue la mano con los insultos. En este momento me hubiera gustado tenerte de frente para que tuviéramos una última charla, quizá una discusión sin tener que llegar a palabras mayores. Yo habría descansado al reconocer mi equivocación, pero más que nada reconocer el enorme error de haberme alejado en un amigo tan sincero, temperamental pero entregado a quienes ha sabido amar. Espero tus sentimientos hacía mí cambien y así poder ir en paz al lado de mi Margarita. Yo me voy recordando todos los momentos que desde el colegio compartimos juntos.

Por último, te cuento un secreto. La única vez que voté por un candidato diferente al de tu preferencia fue esa. Lo hice con rabia, sin criterio, pensando en cada momento en las duras palabras que nos dijimos. En los años siguientes, al darme cuenta por cual ibas a votar, le hice fuerza al oponente de tu preferencia solo por llevarte la contraria y que pensaras que definitivamente yo pensaba de manera diferente a la tuya, pero el día de poner la equis, lo hice por el que tú estabas apoyando. Sin mas por decirte, te cuento que por mi parte te perdoné al poco tiempo. Estuve por buscarte, pero no quise enfrentarme a tu orgullo e indiferencia. Me bastaba con espiarte desde la ventana del segundo piso de mi casa, cuando te veía pasar por el frente, mientras escuchaba las bromas de mi Margarita que me decía que parecíamos exnovios negándonos el amor.

PD, te vi escondido en la iglesia en la misa del entierro de mi Margarita, sabía que no ibas a faltarle, gracias.

Me despido recordando nuestra amistad cariñosamente,

Arnulfo Suaza

La débil firma suya tenía esa letra que recordaba, se notaba que había sido hecha con mucho esfuerzo, quizás esa era la última vez que había escrito su nombre. Hice tres pausas al leerla, un llanto de adolescente me agobió. Al terminarla le pedí a los hijos de mi amigo que me permitieran verlo en la morgue, para poder agrácele, antes de que se lo llevaran los funcionarios de la funeraria. Lo pude hacer, me encontré un cuerpo arrasado por los años. Me transmitió su paz, con dolor le respondí la carta hablándole a su cuerpo sin vida, al tiempo que estrechaba su mano que por una extraña razón no sentí fría, estaba tibia después de varias horas, quizá esa fue manera de esperarme para despedirnos. La sujeté con fuerza y cariño, recordando los viejos tiempos y con el dolor por todas las cosas perdidas a causa de idealismos de otros que no nos llevan a nada y sí nos defraudaron continuamente, más rápido de lo que uno logra entender. Hice un par de oraciones por la memoria de Arnulfo y luego me fui a iniciar mi duelo fraternal en la capilla del Hospital. Odiando mi terquedad por alejarme de la amistad verdadera, fui un completo huevón. Enemistado por la equis en un tarjetón, toda nuestra amistad se quebró a causa de esas diferencias frente a dos candidatos que hoy están y mañana se van. Y lo nuestro llegó al odio, cuando fue muy cierto entender que los de la foto en los tarjetones jamás se enteraron de nuestra existencia.

sábado, 16 de abril de 2022

Amelia y su Jesús






 

Ella contaba como fue que vio venir el amor al reconocer en ese hombre las facciones del cristo anclado sobre el altar, un hombre hermoso y piadoso como lo había pedido, lo reconoció entendiendo el designio. Él por su parte había llegado a ese lugar casi obligado a terminar el trabajo de las dos antenas repetidoras que habían sido dejadas a medias. Sus vidas a partir de ese momento estarían llenas de un sinnúmero de coincidencias. Jesús estaba descendiendo de la torre en la que se había trepado para corregir la conexión fallida, ella iba con su hermano menor de vuelta para su casa. Se detuvo a descansar, aún les faltaba camino. En la mente de ella estaban presente las labores que le habían encomendado en su casa, tenía dieciocho años, Jesús veintidós. Por su parte Amelia contaba con dos pretendientes, vecinos de su pueblo. Jesús acababa de terminar la relación de cuatro años con una excompañera de estudio. Ninguno de los dos estaba en busca de un nuevo amor. Ella en su convicción religiosa, trabajaba de voluntaria en la iglesia y no había descartado la idea de entregársele de lleno a la vida espiritual y como lo contaría innumerables veces: Ese día mientras se tomaba un descanso, vio descender a su Jesús terrenal, con su barba y su indumentaria de obrero. Los ojos de ambos se encontraron en un firmamento paralelo. Por su parte él sintió que algo en la base de la torre lo atraía, sintió que estaba siendo llamado por una voz reconocida, no había terminado de soltarse los amarres que lo sujetaban a la estructura, cuando sintió que estaba siendo recibido por los brazos de ella en una conexión onírica. Jesús había estado soñando con ese encuentro, se veía continuamente que bajaba de algún lugar, directo al regazo de una figura femenina con el cabello recogido y la cara despejada, con la expresión alegre y expectante como la que en sus sueños el también tenía. Así se reconocieron. Amelia quedó impactada por ese rostro, más joven que el del cristo del altar, con la barba definida exactamente igual a la del hombre de yeso, la mirada naciente desde ese par de ojos claros, inmaculados y serenos. Ella también sintió que lo estaba recibiendo renacido del dolor mientras era zafado de los clavos de una cruz.

 

Ese día hablaron como dos amigos que se acaban de reencontrar, a sabiendas de que lo suyo no se iba a quedar en la mera amistad. Jesús le hizo entender que quería conocer mejor esas tierras y ella se ofreció a servirle de guía. Comieron y bebieron de lo que el llevaba, hablaron mas de la cuenta, para ser dos personas que se acababan de conocer. Quedaron de encontrarse en la misa de siete del día siguiente, un sábado de febrero. Ella tenía la firme intención de presentarlo ante Dios y pedirle su aprobación, aunque sabía que sobraban los motivos porque su corazón ya se había decidido. Jesús había quedado de devolverse para Bogotá apenas terminara el trabajo, por suerte para los dos pudo demorar su labor hasta el siguiente miércoles, lo que prolongo para la dicha mutua las salidas, las visitas y los paseos de charlas extensas. El día de la despedida temporal, él le dejó sus teléfonos y abonado el dinero en la oficina de Telecom para que lo llamara cada vez que lo considerara necesario. Cuatro meses de ir y volver, les llevó concretar completar la unión por la que son reconocidos. – Cuando en este pueblo de habla de amor, a este par de tortolos es a quien hacen referencias las bocas -

 

Amor vigente, constante e inmutable. Placenteramente contagioso para quienes tuvieron el gusto de compartir algún instante con ellos. Es por eso por lo que en el pueblo todo aquel que quiere destacar las virtudes del amor acostumbra a poner de ejemplo a Amelita y su Jesús, empezando por el cura en su sermón.  

 

– Amelita no me compares con nuestro señor, eso es pecado. Yo solo cuento con la gracia de llevar su nombre – le dijo una vez él ante la insistencia de ella de compararlos físicamente.

 

Aunque su vida de casados transcurrió en su mayoría en su casa de Bogotá, donde sus cinco hijos crecieron, hasta que la vida se los llevó a migrar buscando lo suyo cada uno. Luego la llegada de los doce nietos con los primeros cuatro bisnietos. Para esa época de los bisnietos, ya se habían regresado al pueblo, para radicarse y continuar con el giro de la vida que los dejaba igual a como salieron la primera vez solos, después de la boda frente al altar que tantas promesas y peticiones le cumplió a ella, desde niña hasta su ultimo embarazo, que la sorprendió un martes de pentecostés orando fervorosamente al tiempo que rompía fuente. De nuevo en su tierra, continuaron con la fuerza de esos novios jóvenes que se esperaban carta en mano para contarse, las vivencias en la ausencia del otro. Las cartas acostumbraban a leerlas uno frente al otro, reviviendo el momento en el que apartados la escribieron, allá en la intimidad de sus habitaciones, una en Bogotá la otra acá en el pueblo. Los tórtolos andaban de la mano para donde quieran que fueran, cenaban en los restaurantes, se daban regalos sorpresas y serenatas. En las fiestas bailaban como adolescentes. Su pasión y contemplación permanecieron intactas. Su iglesia, la favorita, la de los bautizos, las bodas de sus hijos y la de los dolorosos sepelios. Los recibió un mes antes de su ultimo beso, para celebrar lo que serían sus bodas de oro, homenajeados a cargo de la administración del pueblo vigente en ese momento.

 

Por las tardes y algunas mañanas caminaban por el pueblo, tomados de la mano. Muchas veces se les vio sentados recibiendo el nacimiento y las puestas del tibio sol característico de este lugar, sentados de la misma manera sosegados como para una foto. De la misma manera como la que serían encontrados esa mañana de julio al fondo, justo al final de la senda formada por los árboles, sus figuras permanecían inmóviles, sentados, recibiendo el dulce calor de la mañana que le daba forma a lo único en ellos que se conservaba con vida, su sombra. Enmarcando lo que un desprevenido poeta supo plasmar al verlos, así juntos fundidos en un abrazo. El poema que se puede leer labrado en el monumento:

 

Esta mañana,

 

El chocolate del desayuno

en todos hogares se avinagró.

La misa de siete

Su ausencia declaró presente,

 

 

El cristo del altar

soltó lágrimas de felicidad.

Ese hombre de yeso

recibió a bien el suceso.

 

A los embajadores del amor

el idilio los embarcó.

Testificando firmó el alba

en una sombra la mañana.

 

Amelia murió al lado

del hombre que santificó,

lo hizo padre y abuelo

mientras él día a día la enamoró.

 

Espiritual fue el último vuelo

de nuestros amantes por su pueblo.


La procesión que acompañó los cuerpos tuvo un gesto que se les dio a todos sin acuerdo alguno. Todos iban tomados de la mano, con fervor, con amor, y a la manera de nuestros padres indígenas los cuerpos fueron acomodados en un solo ataúd por petición de los amantes: - Juntos el cuerpo y el alma en la tumba como en la cama -. Para recordarlos in memoriam el parque conserva un romántico monumento con dos aves tórtolas fundidas en un beso eterno.

 

“CON AMOR RECORDAMOS A AMELIA Y JESUS QUE FALLECIERON SENTADOS UNO JUNTO AL OTRO EN ESTE PRECISO LUGAR”.

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