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miércoles, 24 de agosto de 2022

Primero el DOS y segundo el UNO



 

DOS

- Escúchame, tengo muy poco tiempo Jesica acabo de escapármele al jefe. No te había podido llamar, el teléfono estaba descargado, ¿Anoche usamos condón cierto? –

- Sí, pude darme cuenta. Había estado llamándolo, porque tengo la misma duda. No encontré nada en el suelo del cuarto ni la basura del baño. –

- No me digas eso, la cosa es delicada, al salir te busco y hablamos, no puedo hablar más tengo que colgar -

Anoche conservó dos copas que se llenaron y vaciaron numerosas veces. Dos orgasmos continuos se vivieron, en el primero ella se puso abajo. Luego pasó arriba. Dos sombras recibió la pared, la de rasgos masculinos al inicio y la del perfil femenino y cabello desordenado, al momento de caer el telón que cerraría el día, con su contagioso como regalo.

 

UNO

Varias tardes lleva Gerardo sentándose a la hora propuesta en las notas arrojadas bajo la puerta, a esperar a que por el costado norte de la plaza llegara al fin ella. Le dijo que se llama Tatiana , sus rasgos: Cabello negro rizado, acabado de peinar, ojos achinados marrones con una misteriosa línea que rodea el iris con un violeta oscuro, labios medianos que caen hacía la izquierda cuando preparan una sonrisa. Al hablar destaca mucho la letra ese en sus palabras, parecen un leve silbido. Ese y el día anterior, cuando Gerardo llegó al local ella tenía en su camisa sobre el hombro derecho una mancha de tonalidad verde, que él no logró identificar bien de que se trataba. No pudo lograrlo porque su atención estaba centrada en ese efecto tranquilizante que le causaban las palabras dichas por ella, además había otro efecto particular en el tono de su voz. Cada vez que decía algo, un estallido levemente imperceptible similar al de una bomba de jabón al reventar se quedaba en el aire como una lluvia de escarcha, colores convertidos en sonidos. Su llegada al lugar había sido hacía la hora de cambio de turno. Por esa razón fue que pudieron hablar sin apuros. Gerardo pensó mucho sobre cuánto le gustaría poseer la habilidad de detener el tiempo. Fue fácil sentir que el agrado era reciproco. Hablaron de las cosas buenas que cada uno tenía para contar. Al final de su segunda charla, ella le había dado su dirección, quería que cambiaran de lugar, que se tomaran ese café allí donde el paso del tiempo no importara. Tatiana le había apuntado la dirección en una servilleta. Lo último que se dijeron en la parada de bus, fue que al otro día él la esperaría de nuevo, para concretar la fecha de su cita en el apartamento de ella. Las cosas no se dieron. Tatiana no sabía que a la mañana siguiente sería despedida de su trabajo sin previo aviso, por esa razón no alcanzó a esperarlo. Contaba con que él llegara a donde ella vivía, lo espero mirando a la ventana a diferentes horas. No tenían teléfonos como comunicarse, únicamente el del local, el del trabajo donde nunca la pasaban porque no estaba permitido sino para los casos de emergencia. Ocasionalmente reciben los mensajes que se dejan, solo a veces. Gerardo por su parte hizo la labor de buscarla, apenas supo que se había quedado sin trabajo y hasta había recomendado entre sus conocidos por uno nuevo. Fue a visitarla a la dirección que ella le había anotado en la servilleta. No tuvo suerte de encontrarla. Decidió entonces empezar a dejarle notas, con el numero de su vecino, el zapatero para que le dejara razón de sus horarios. Gerardo había concluido pensar que si no la había encontrado era por que ella había encontrado pronto un nuevo trabajo, y que el horario le había cambiado mucho a comparación con el del local. En sus notas le dejó la ubicación del lugar en la plaza en la que la estaría esperando. Describió la silla, el jardín y las flores que hay al respaldo de esta, los locales que desde ahí se pueden ver. La vida los había puesto a corta distancia, sin que llegaran a saberlo. Ella trabajaba ahora a media calle del punto de encuentro propuesto. El horario era similar al que tenía antes. La razón de su desencuentro, se debía a que en la dirección copiada en la servilleta le faltaba el número UNO, ese dígito había sido borrado por una mancha de café y en su lugar podía distinguirse otro diferente. 

- ¿Qué mala impresión le habré causado para que no me quiera buscar? - Era la duda que lo asaltaría, de día y de noche.

domingo, 31 de julio de 2022

Mirando arriba


 


Teníamos la costumbre de recostarnos en el suelo con Jorge, sobre el pastal al lado de la cancha de futbol los sábados en la noche, apenas salíamos de su casa o la mía luego de haber visto el capítulo de esa noche en la serie La misión del deber. De fondo teníamos ese techo negro que al despejarse algunas luces dejaba ver, casualmente muchas de esas noches las nubes estuvieron ausentes, nos entreteníamos con el destello de aquellas contadas estrellas que lograban verse. Por largos instantes  permanecíamos en silencio cazando estrellas fugaces. Aprovechando el paso de cada una para pedir los ingenuos deseos, que imaginábamos terminarían haciéndose realidad. Cuando el silencio era interrumpido, presumíamos nuestras novias al tiempo que nos planteábamos preguntas acerca cual sería nuestro futuro en esos años por llegar. Hoy años más tarde en otro lugar, pero en la misma cuidad con mi cabeza cana y con algunas historias pendientes por contar. Me he recostado a interpretar el mismo cielo, como el músico que lee después de mucho tiempo la partitura de una canción archivada, olvidada. En ese pastal, el cielo también había envejecido se notaba opaco, era sábado de nuevo, pero esta vez estaba solo sin ese amigo, sin su amistad, distanciados por el tiempo. En esta ocasión no había silencio, un grupo de jóvenes tenían uno de esos aparatos tecnológicos diminutos con sus estrafalarios parlantes en los que sonaba una canción de esas que llaman hip hop, con una letra muy adecuada a los devenires que empezaban a aparecerse por mi memoria.  

 

“De niño tenía fuerza sobrenatural,

saltaba montañas y despejaba cielos como un vendaval,

tenía hermanos, primos y parceros.

Hermanas, amigas y novias amantes de seda de cuerpos electrizados como los aguaceros.

 

Otra vez de noche. El pasto sobre el que permanecíamos recostados estaba húmedo, unas gotas eran de agua otras del sudor emanado. Aliana arriba mío agobiaba mi cara con el meneo de sus senos, el cielo que alcanzaba a ver tenía una similitud al de esta noche. Ese día el frío fue intenso, en la tarde había llovido, por eso la piel del pecho y del abdomen de Aliana lucía brotada por sus poros cerrados. Mis manos huyéndole al frío se refugiaron agarradas de sus nalgas desnudas debajo de su falda, ayudando a intensificar el ritmo en cada subida y bajada. Con sus manos ella se sujetaba a la pared trasera de la capilla, esa que daba justo al respaldo del altar. La fiesta había terminado a las tres. Nosotros a las cuatro. Agotados de baile y pasión, ella luego de cerrar su blusa se recostó sobre mí sin cambiar de posición. Por encima de su hombro mis ojos buscaban aquella luz estelar que al pasar escuchara mi deseo con la intención, de que pausara ese momento eternamente y que lo cumpliera a cabalidad. Por una hora nos quedamos dormidos, despertamos justo antes de que empezaran a llegar los feligreses para la misa dominical de siete.

 

“ Al que me hizo llorar, al otro que mi risa vio brotar,

al que llamé enemigo y al que como yo hoy recuerda lo que fue visto y lo que se dijo.

Hoy pongo al cielo como testigo, que sigo vivo por lo que cuento recuerdo y revivo.

Eres parte de mi paz, de mis rabias y de los designios,

Si en mi vida estuviste, como cicatriz o caricia vuelvo a sentirte.

Cicatrices como días, caricias como noches”

 

Alguna vez de esas, recostados mirando al cielo han sentido que son atraídos a una caída infinita, o que el cielo al mover sus nubes causa esa sensación de que estamos volando. Con las piernas estiradas sujetaba al pequeño Dilan, lanzándolo hacía ese fondo azul y recibiéndolo devuelto al rebotar con los  algodones blancos, recostado sobre el tapete verde en la planicie de una montaña de la sabana. Dilan reía con todo el ímpetu de su niñez haciendo estremecer mi corazón. Su felicidad era inevitable, yo disfrutaba verlo alzarse en vuelo desacomodando el viento que arriba sostenía las cometas icónicas que cada agosto repuntan sobre el cielo bogotano.

 

“Cuando me vaya no cierres tu puerta sin darle el adiós a mi recuerdo,

por mi parte te voy a llevar en esta canción,

que sabe a ti como a mí porque habla de los dos:

por eso no te alejes disgustado y que te gane la rabia,

cuando en nuestros corazones hay amor todavía.

Cuando el tiempo nos aparte,

nómbrame en paz, como lo hago yo ahora que te llamo a mi lado.

sin pausar

singular

sin parar

sin dudar.”

 

La música se acabó, esa canción desconocida en mis recuerdos se implantó. Mientras mis ojos ebrios de firmamento buscaban a esa estrella que tantas veces los sábados pasó a visitarme, en las diferentes épocas en las que me recosté a esperar cuando llegara a presumir su alegría mientras yo aprovechaba la oscuridad para esconder la sombra mía.


SENTENCIA CANINA (Microrelato)

  Gruñía, sin apartar sus ojos negros del ladrón. A través de sus dientes el veneno brotaba espumoso, por esa razón íbamos de camino al ve...