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martes, 27 de junio de 2023

SENTENCIA CANINA (Microrelato)

 





Gruñía, sin apartar sus ojos negros del ladrón. A través de sus dientes el veneno brotaba espumoso, por esa razón íbamos de camino al veterinario para vacunarla, pero antes de llegar fuimos robados. El atracador llenó sus bolsillos con todas nuestras cosas de valor, y su piel desgarrada por los colmillos de Reina, acogió las fiebres del contagio.



domingo, 31 de julio de 2022

Mirando arriba


 


Teníamos la costumbre de recostarnos en el suelo con Jorge, sobre el pastal al lado de la cancha de futbol los sábados en la noche, apenas salíamos de su casa o la mía luego de haber visto el capítulo de esa noche en la serie La misión del deber. De fondo teníamos ese techo negro que al despejarse algunas luces dejaba ver, casualmente muchas de esas noches las nubes estuvieron ausentes, nos entreteníamos con el destello de aquellas contadas estrellas que lograban verse. Por largos instantes  permanecíamos en silencio cazando estrellas fugaces. Aprovechando el paso de cada una para pedir los ingenuos deseos, que imaginábamos terminarían haciéndose realidad. Cuando el silencio era interrumpido, presumíamos nuestras novias al tiempo que nos planteábamos preguntas acerca cual sería nuestro futuro en esos años por llegar. Hoy años más tarde en otro lugar, pero en la misma cuidad con mi cabeza cana y con algunas historias pendientes por contar. Me he recostado a interpretar el mismo cielo, como el músico que lee después de mucho tiempo la partitura de una canción archivada, olvidada. En ese pastal, el cielo también había envejecido se notaba opaco, era sábado de nuevo, pero esta vez estaba solo sin ese amigo, sin su amistad, distanciados por el tiempo. En esta ocasión no había silencio, un grupo de jóvenes tenían uno de esos aparatos tecnológicos diminutos con sus estrafalarios parlantes en los que sonaba una canción de esas que llaman hip hop, con una letra muy adecuada a los devenires que empezaban a aparecerse por mi memoria.  

 

“De niño tenía fuerza sobrenatural,

saltaba montañas y despejaba cielos como un vendaval,

tenía hermanos, primos y parceros.

Hermanas, amigas y novias amantes de seda de cuerpos electrizados como los aguaceros.

 

Otra vez de noche. El pasto sobre el que permanecíamos recostados estaba húmedo, unas gotas eran de agua otras del sudor emanado. Aliana arriba mío agobiaba mi cara con el meneo de sus senos, el cielo que alcanzaba a ver tenía una similitud al de esta noche. Ese día el frío fue intenso, en la tarde había llovido, por eso la piel del pecho y del abdomen de Aliana lucía brotada por sus poros cerrados. Mis manos huyéndole al frío se refugiaron agarradas de sus nalgas desnudas debajo de su falda, ayudando a intensificar el ritmo en cada subida y bajada. Con sus manos ella se sujetaba a la pared trasera de la capilla, esa que daba justo al respaldo del altar. La fiesta había terminado a las tres. Nosotros a las cuatro. Agotados de baile y pasión, ella luego de cerrar su blusa se recostó sobre mí sin cambiar de posición. Por encima de su hombro mis ojos buscaban aquella luz estelar que al pasar escuchara mi deseo con la intención, de que pausara ese momento eternamente y que lo cumpliera a cabalidad. Por una hora nos quedamos dormidos, despertamos justo antes de que empezaran a llegar los feligreses para la misa dominical de siete.

 

“ Al que me hizo llorar, al otro que mi risa vio brotar,

al que llamé enemigo y al que como yo hoy recuerda lo que fue visto y lo que se dijo.

Hoy pongo al cielo como testigo, que sigo vivo por lo que cuento recuerdo y revivo.

Eres parte de mi paz, de mis rabias y de los designios,

Si en mi vida estuviste, como cicatriz o caricia vuelvo a sentirte.

Cicatrices como días, caricias como noches”

 

Alguna vez de esas, recostados mirando al cielo han sentido que son atraídos a una caída infinita, o que el cielo al mover sus nubes causa esa sensación de que estamos volando. Con las piernas estiradas sujetaba al pequeño Dilan, lanzándolo hacía ese fondo azul y recibiéndolo devuelto al rebotar con los  algodones blancos, recostado sobre el tapete verde en la planicie de una montaña de la sabana. Dilan reía con todo el ímpetu de su niñez haciendo estremecer mi corazón. Su felicidad era inevitable, yo disfrutaba verlo alzarse en vuelo desacomodando el viento que arriba sostenía las cometas icónicas que cada agosto repuntan sobre el cielo bogotano.

 

“Cuando me vaya no cierres tu puerta sin darle el adiós a mi recuerdo,

por mi parte te voy a llevar en esta canción,

que sabe a ti como a mí porque habla de los dos:

por eso no te alejes disgustado y que te gane la rabia,

cuando en nuestros corazones hay amor todavía.

Cuando el tiempo nos aparte,

nómbrame en paz, como lo hago yo ahora que te llamo a mi lado.

sin pausar

singular

sin parar

sin dudar.”

 

La música se acabó, esa canción desconocida en mis recuerdos se implantó. Mientras mis ojos ebrios de firmamento buscaban a esa estrella que tantas veces los sábados pasó a visitarme, en las diferentes épocas en las que me recosté a esperar cuando llegara a presumir su alegría mientras yo aprovechaba la oscuridad para esconder la sombra mía.


domingo, 5 de junio de 2022

A un voto de distancia

 


Arnulfo está dejando morir las flores que Margarita cuidó tan bien, pero, qué puede esperarse de alguien acostumbrado a velar únicamente por sus propios intereses, siguiendo los pasos de esas ideologías en las que se quedó enfrascado. Ahora que vienen las votaciones, se le ha dado por ocultar su preferencia, preciso a estas horas del partido. Acá en mi casa pusimos el cartel de nuestro candidato, que tiene todo para ganar al final y ser el escogido para dirigir en los próximos cuatro años. Eso debe ser que este año si entró en razón y ha entendido a quien hay que apoyar. Solo que no pone ningún tipo de propaganda para seguir llevándonos la contraria a los que tenemos la razón.

Ya era hora que entendiera, que se equivocó al elegir ese camino que optó por seguir desde hace doce años, al dejarse llevar por su terco temperamento, y los malos consejos de toda esa gentuza con la que anda. Si las cosas no hubieran sido de esa manera, seguro que hubiera podido estar a su lado el día del entierro de Margarita. Tengo que reconocer que ese ha sido el día en el que más he extrañado esa grandiosa época en que éramos más que vecinos. Ese corazón que espero la política no haya cambiado mucho, debió haber pasado por momentos muy duros en esos días. Sin que ninguno en su familia se enterara, yo le he pagado varias misas a la memoria de la querida Margarita, con ella continué cruzando palabras, una que otra vez cuando nos encontramos por la calle. Hasta estuve por ir a encararlo y pedirle que se retractara de todo lo que me dijo el día en el que decidió inclinarse por el candidato de la oposición, para saber que a pesar de que ganaron en esa ocasión, nada cambio la mala administración hecha por ese tipo por el que Arnulfo votó, fue la peor de las últimas tres décadas. El siguiente mandato fue el del desquite. Tengo que admitir que la cosa no mejoró mucho con nuestro candidato, ese fue otro que dejó mucho que desear. Yo sé que Arnulfo no me va a reconocer que se equivocó, y no puede esperar que de mi parte haga lo mismo. Nosotros con el voto lo único que hacemos es poner al siguiente sujeto arriba. De cagarla se encargan ellos solos, y uno es el que queda mal con quienes se ha encargado de convencer para que den su voto, por el candidato de turno en el partido.

He notado que este año no ha puesto los debates por la radio, para incomodarnos, debe ser que se dio de cuenta que la cosa ya estaba perdida desde el comienzo. Este año tienen un candidato que se ha quedado de lejos en las encuestas, lo que ya viene dándonos la delantera. Me gustaría ver su cara el día de las votaciones finales. Este año si que me gustaría, quedarme con su imagen de derrota por última vez, ya que decidimos radicarnos con Rosalba, debido a la salud de ella, en nuestra casa de Vergara. Cuando pueda regresar de paso, le echaré una mirada por la ventana, si se deja ver. me imagino que el bajonazo por la derrota le durará varios días.

Instalarnos nos ha tomado toda una semana, cada día hacemos las cosas con más lentitud, en especial mi Rosa, está más quedada día por día. Por mi parte no ha sido fácil adecuarme del todo al cambio. Venir por temporadas a la casa siempre fue agradable. Pero entender y acoplarme a vivir todo el tiempo en este lugar es realmente un esfuerzo que estoy haciendo, si Rosalba se pudiera quedar sola como antes, ya me habría regresado. Bogotá me hace falta, todo ha sido por ella. Cuando terminaron las votaciones, ya llevábamos un mes de estar viviendo en este clima cálido que le ha sentado muy bien a ella. Yo no he tenido problema me he aclimatado siempre fácil cuando me ha tocado, aunque después de la dolorosa noticia ya nada volvió a ser igual. Justo el día de las votaciones, regresé a Bogotá para ir al punto de votación. Todo iba transcurriendo normal, en la mitad del conteo de votos ya éramos ganadores, en el momento en el que me iba enterando de la situación, la llamada de mi nieta Lorena me sorprendió. Ella se encontraba con la familia de Arnulfo. Ese día me tuve que enterar de dos asuntos que me pusieron los pies en la tierra como nunca me había pasado. Lorena llevaba ennoviada con Camilo el nieto de Arnulfo, llevaban casi año y medio. En la casa no me habían dicho nada por temor a que les armara un escándalo. Ya se me había hecho raro que no hubiese pasado antes con otro de nuestros familiares. No había terminado de digerir la noticia, estaba por preguntar si Arnulfo estaba enterado, ese hubiera sido un buen motivo para que por fin bajara la guardia y de pronto nos volviéramos a hablar. Eso a él también le debe estar haciendo mucha falta, y más después de llevar dos años de viudo. La voz de mi nieta me regresó de mis cavilaciones, para soltarme la otra noticia que me aplastó el corazón. Esa mañana Arnulfo había fallecido. Una silenciosa pero voraz leucemia se lo llevó en tres meses. De inmediato me fui en busca de mi nieta, ella me dijo que tenía que mostrarme algo, que tenía que ver con mi antiguo amigo y vecino de media vida.

Nos encontramos justo en el hospital en el que lo habían internado desde hacía una semana. Lo que nuestros nietos me tenían era una carta, escrita por Mónica la hija menor de Arnulfo, sentada a su lado escribió lo que él fue dictando,  la despedida de su amigo que no había olvidado a pesar de las absurdas consecuencias de nuestra separación, la carta decía:

Siempre recordado Vicente,

Por medio de las manos de mi hija te escribo, quiero agradecerte por la amistad que me diste, y de paso te pido me perdones las palabras que te dije el día que discutimos a causa de nuestras diferencias en el tonto favoritismo político. Reconozco que a los dos se nos fue la mano con los insultos. En este momento me hubiera gustado tenerte de frente para que tuviéramos una última charla, quizá una discusión sin tener que llegar a palabras mayores. Yo habría descansado al reconocer mi equivocación, pero más que nada reconocer el enorme error de haberme alejado en un amigo tan sincero, temperamental pero entregado a quienes ha sabido amar. Espero tus sentimientos hacía mí cambien y así poder ir en paz al lado de mi Margarita. Yo me voy recordando todos los momentos que desde el colegio compartimos juntos.

Por último, te cuento un secreto. La única vez que voté por un candidato diferente al de tu preferencia fue esa. Lo hice con rabia, sin criterio, pensando en cada momento en las duras palabras que nos dijimos. En los años siguientes, al darme cuenta por cual ibas a votar, le hice fuerza al oponente de tu preferencia solo por llevarte la contraria y que pensaras que definitivamente yo pensaba de manera diferente a la tuya, pero el día de poner la equis, lo hice por el que tú estabas apoyando. Sin mas por decirte, te cuento que por mi parte te perdoné al poco tiempo. Estuve por buscarte, pero no quise enfrentarme a tu orgullo e indiferencia. Me bastaba con espiarte desde la ventana del segundo piso de mi casa, cuando te veía pasar por el frente, mientras escuchaba las bromas de mi Margarita que me decía que parecíamos exnovios negándonos el amor.

PD, te vi escondido en la iglesia en la misa del entierro de mi Margarita, sabía que no ibas a faltarle, gracias.

Me despido recordando nuestra amistad cariñosamente,

Arnulfo Suaza

La débil firma suya tenía esa letra que recordaba, se notaba que había sido hecha con mucho esfuerzo, quizás esa era la última vez que había escrito su nombre. Hice tres pausas al leerla, un llanto de adolescente me agobió. Al terminarla le pedí a los hijos de mi amigo que me permitieran verlo en la morgue, para poder agrácele, antes de que se lo llevaran los funcionarios de la funeraria. Lo pude hacer, me encontré un cuerpo arrasado por los años. Me transmitió su paz, con dolor le respondí la carta hablándole a su cuerpo sin vida, al tiempo que estrechaba su mano que por una extraña razón no sentí fría, estaba tibia después de varias horas, quizá esa fue manera de esperarme para despedirnos. La sujeté con fuerza y cariño, recordando los viejos tiempos y con el dolor por todas las cosas perdidas a causa de idealismos de otros que no nos llevan a nada y sí nos defraudaron continuamente, más rápido de lo que uno logra entender. Hice un par de oraciones por la memoria de Arnulfo y luego me fui a iniciar mi duelo fraternal en la capilla del Hospital. Odiando mi terquedad por alejarme de la amistad verdadera, fui un completo huevón. Enemistado por la equis en un tarjetón, toda nuestra amistad se quebró a causa de esas diferencias frente a dos candidatos que hoy están y mañana se van. Y lo nuestro llegó al odio, cuando fue muy cierto entender que los de la foto en los tarjetones jamás se enteraron de nuestra existencia.

sábado, 28 de noviembre de 2020

Espejo Retrovisor






La música tenía el volumen en un punto en el que apenas si podíamos entendernos al hablar. Neida llevaba la ventana abierta lo que hacía que su cabellera luciera alborotada. Cantábamos sin darnos cuenta de la velocidad que llevábamos,  Neida no medía la fuerza de su pie y la aguja subía sin control. El viento que ingresaba refrescaba el hervor que envolvía por completo el interior del carro. En ese momento yo iba a su lado. Por una hora continuamos a ese ritmo, la carretera tenía un tráfico denso pero se movía a buen ritmo. Al llegar a nuestra primera parada, un restaurante, aprovechamos para comer algo, no habíamos desayunado por salir de afán para evitar la aglomeración que se forma en la salida de la cuidad. Durante el trayecto hasta ese lugar todo había transcurrido sin contratiempos, comimos con calma. Al momento de pagar la cuenta ella me dio el dinero para que me acercara a la caja, mientras salió a fumarse un cigarrillo. En ese momento recibió una llamada. Durante la conversación su semblante cambio bruscamente. Hablaba con su amigo Carlos quien nos esperaba en nuestro destino, le había estado contando en que parte del camino nos encontrábamos. De cómo la estábamos pasando, se expresaba con gran alegría mientras le describía las cosas, pero, al momento de confesar que había soñado de nuevo con ese suceso incomodo por el que había pasado dos años atrás, su rostro se ensombreció. Sobre ese tema yo tenía un leve conocimiento. Se trababa del asedio que había sufrido por parte de un tipo que tenía vínculos sospechosos con el bajo mundo. El tipo la había estado pretendiendo y había llegado a seguirla a muchas partes. Ella tuvo que cambiar su residencia y su número telefónico, porque la intención del tipo pasó del cortejo al acoso. Pude notar que Carlos le dijo cosas agradables para sacarla de los pensamientos que la estaban agobiando, sonrío y terminó la llamada. Me uní a la causa y le empecé a hablar de la ropa que quería comprarme para asistir al matrimonio de mi primo Braulio, para el que faltaban todavía dos meses. Entre Neida y yo había una diferencia en edad de diez años. Ella tenía veintitrés. A pesar de ello nuestros gustos encajaban muy bien. Así que cuando alguna de las dos pasaba por un mal momento, la otra sabía bien por donde llevar la conversación o qué tipo de comida era perfecta para levantar el ánimo. Lo único malo de mi parte era que en los viajes que tomaban más de una hora, yo como acompañante siempre fui pésima. Debido a que la noche anterior nos habíamos ido a dormir muy tarde. Luego de haber desayunado no pude mantenerme por mucho tiempo con la misma energía de la madrugada. abandoné a mi piloto cuando apenas iban a ser las diez.

Cuando desperté de nuevo el carro se había detenido. Los vidrios de la parte delantera se estaban completamente abajo, la música apagada. Noté que me encontraba sola, un espasmo helado heló mi brazo derecho, alrededor una espesa vegetación le daba un tono sombrío a todo. El motor se encontraba en marcha, noté para mi desdicha que la puerta del conductor se encontraba abierta. Al dormirme estaba en la silla del copiloto, pero en ese instante en el que volvía a la realidad me encontraba en la silla de atrás. Neida no estaba, un viento caliente entro con violencia desordenado mi cabello mientas me iba levantando, lanzándolo sobre mi cara. Llamé a Neida dos veces, sin notar ningún cambio en los pocos sonidos que podían percibirse. Salí sin hacer mayor ruido, el carro había sido dejado en lo que parecía ser una entrada, debajo de un inmenso árbol que cortaba por completo la entrada de la luz. Eso me hizo pensar que había dormido demasiado y que ya estaba entrando el atardecer. Abrí la puerta del costado derecho descendí, aturdida y somnolienta todavía. Sin haberme alejado empecé a escuchar agua correr. La vegetación dejaba ver un sendero a muy poca distancia, en un transito imperceptible, quedé como si acabara de salir de un escondite. Ante mis ojos se desplegó un paisaje que parecía el truco de un ilusionista, un verde primaveral lució ante mis ojos. Un valle que se desbordaba desde un par de montañas, una a cada lado, lucia como una revelación. Absorta ante lo que me estaba encontrando, por un instante olvidé la situación en la que me encontraba, la somnolencia se evaporó por efecto del aire que refrescaba el lugar. Del trance me sacó la voz tenue de Neida que me llamaba, en un tono apenas perceptible.  

- Evelin date la vuelta sin hacer mucho ruido - Susurró

Como si estuviese pisando cascaras de huevo hice el giro, al tiempo que mis ojos trataban de encontrar donde se encontraba mi amiga. Apenas pude ver su cara que sobresalía de unos pequeños arbustos, me detuve y me le fui acercando siguiendo la señal que me hacía de caminar lo más lento posible. Apenas estuve a su lado quise preguntarle de que se trataba la cosa. Ella sin volver a pronunciar palabra, estiró su brazo izquierdo para con su dedo índice mostrarme aquello que la obligó a mantenerse agazapada como un predador al acecho. El espectáculo del paisaje lo cerraba lo que parecía ser un venado de un naranja casi brillante que pastaba a pocos metros de la orilla del riachuelo que atravesaba el lugar. Neida volvió a hablar para empezar a ponerme al tanto de lo sucedido. – Te perdiste de un suceso deslumbrante. Luego de detenerme para acomodarte en la silla de atrás. Para que tu figura de espagueti recién preparado no se deslizara por la silla dejándote como un bulto mal acomodado. Continué el camino que los policías de carretera me indicaron, debido a que la autopista principal está cerrada por un choque. Seguí a los demás carros para no perder el sendero que nos sacaría  adelante del percance. Todo iba bien hasta que un grupo de venados salidos de la nada me obligó a desviar. Cuando estaba haciendo el giro para retornar, se apareció ese exótico ejemplar que estas viendo, y que tal como si hubiese sido puesto para mí. Hizo que me dedicara a seguirlo maravillada. Neida no recordaba cómo había quedado en esa posición incómoda en la que se encontraba admirando al majestuoso animal, ni tampoco era consiente que había dejado el carro con el motor en marcha y a mí dormida en la silla trasera.

De regreso al camino. La música regresó y de esa manera nos encontramos repitiendo el ritual de la mañana. Cantábamos de nuevo, en ese momento lo que ocurría era que el sol se encontraba en contraposición y el día se aproximaba a su fin, mientras a nuestro viaje le quedaba una hora más de carretera. Haber dormido en la mañana me sirvió para no volver a dejarla sola al volante, a medida que avanzábamos pude presté gran atención a camino mientras pensaba en temas para tratar con ella, ayudándola a mantenerse lucida, sobre todo apenas salimos del lugar en el que nos detuvimos a almorzar. Normalmente a los carros que van por nuestro camino no les presto mucha atención, sin decir que no me sé ninguna marca en específico que me ayude a diferenciar uno de otro. Pero eso no evitó que me percatara de uno en especial con el que habíamos coincidido en el lugar del almuerzo, el cual para ese momento, además, llevaba más de media hora siguiéndonos. Algunas veces de cerca y por momentos parecía desaparecer, pero pude entender que dejaba que otros lo adelantaran para desaparecer del espejo. No quise decirle a Neida sobre el asunto, porque consideré que como muchos, simplemente seguía su ruta que coincidía con la nuestra. Un hecho que me empezó a inquietar fue que no aprovechó los espacios que tuvo para adelantarnos, como los demás que no tardaban en hacerlo. Neida no iba a la misma velocidad de la mañana. Se notaba cansada. Continué atenta sin dejar afectarme. Tenía la certeza de que en el momento menos pensado se perdería y no dejaría de ser sino una sospecha. Solo hasta que en nuestra última parada para comprar vivieres donde acostumbraba a hacerlo Neida en esa ruta.  Pude darme cuenta que ese carro retomaba el camino al tiempo que nosotras al reanudar la marcha. Noté que se había estacionado unos metros adelante y solo hasta que nos movimos esté dejó pasar un  carro e inició la marcha. Preocupada le hablé de mi sospecha a Neida, tratando de no alarmarla. 

– ¿Oye son muchos los viajeros que llegan a ese lugar para el que vamos? – le dije al tiempo que volteaba a mirarla. 

– Eso depende de la época ¿Por qué preguntas? – Respondió. 

– Solo por saber -

Entonces se me ocurrió proponer que hiciéramos otra parada, para descartar definitivamente que ese carro si nos estaba persiguiendo. Le argumenté que había empezado a sentir una sed incontrolable, mientras escondía bajo la silla el agua que llevaba para hidratarme. Ella no lo pensó, y apenas encontramos donde se detuvo rápidamente, como si fuera una urgencia buscar la bebida. El carro sospechoso continuó su marcha alejándose por completo. Lo cual me tranquilizó.

Al volver a la vía, continuamos por un buen rato, sin ninguna novedad. No bajé la guardia, me quedé atenta del espejo. Y unos cortos minutos más adelante, note que el carro regresó, acercándose demasiado. Entonces decidí advertirle a Neida sobre el comportamiento extraño que había descubierto. 

– Oye al parecer ese carro que tenemos atrás, lleva la misma ruta nuestra. Hace rato que lo vengo detallando y he notado que no nos rebaza, a pesar de las paradas que hemos hecho -  

- Tienes toda la razón, estaba creyendo que era una suposición mía y por eso no le había dado importancia. Ya me ha pasado antes que me dejo alarmar por aquellos que casualmente van para el mismo lado – me dijo mientras miraba los espejos continuamente. 

– Lo raro es que ha hecho las dos últimas paradas al mismo tiempo que nosotras, ¿Qué piensas? – 

- El color es el que no me convence. No se parece a ninguno que conozca, ¿De qué color es? – 

- Hasta donde pude notar es gris oscuro -

En ese momento, como si nos hubiese estado escuchando, buscó la forma de adelantarnos. Apenas pasó por nuestro lado pudimos notar que las ventanas del lado nuestro iban cubiertas por lo que parecía ser una tela. Se alejó hasta que lo perdimos de vista gracias a que su motor era mucho más potente. Nos miramos mutuamente y dimos un respiro de tranquilidad. Pasados diez minutos exactos, Neida tomó por una vía que se reducía a un solo carril. Continuó a media marcha, había empezado a oscurecer. A pocos metros de ese camino nuevo tuvo que pisar con rudeza el freno. De la nada fuimos recibidas por el destello de unas luces en pleno que otro carro encendió de repente, al instante se escuchó el ruido intenso del motor al ponerse en marcha. Neida puso la reversa y avanzo de inmediato. Maniobró así por unos metros, hasta que encontramos otro carro apunto de golpearnos, ella giró a la derecha. En la primera entrada que logró ver. El otro pasó derecho. Yo sentía retumbar mi corazón, mientras quedé agarrando con una mano la manija de la puerta y con la otra el brazo de Neida. Sin tomar aire ella reanudó la marcha haciendo chillar las ruedas. En ese momento pude notar que por su mejilla rodaba una lagrima, recorríamos ese camino sin tregua, recibiendo cada curva con ambas manos sujetas a la dirección, pronto nos encontramos un tramo empinado, que subimos demasiado rápido, con una imprudencia peligrosa. Neida bajo un la velocidad en el descenso, solo porque venía la siguiente curva y si no lo hubiese hecho, habríamos terminado metidas en una cerca que se vislumbraba en seguida. Una curva más delante fuimos sorprendas de nuevo por las luces en pleno de un nuevo carro también detenido, las dos pegamos un único grito escandaloso. Neida entendió que no alcanzaba a frenar sin chocarnos. Así que terminó metiendo el carro en el siguiente lote que pescamos, con la mala suerte que al pasar la cerca nos esperaba un  árbol. Chocamos recibiendo el estallido de los cristales por completo. Ella quedó inconsciente. Aturdida me fui desmayando. Lo siguiente que pude recordar fueron nuestros cuerpos amarrados uno junto al otro en lo que parecía ser el platón de una camioneta. Ella continuaba sin dar señales de conciencia mientras yo me estremecía con cada movimiento del carro porque me dolía un hombro, como si me hubieran abierto la piel. Quise gritar pero la mordaza que apretaba mi boca me lo impidió.


SENTENCIA CANINA (Microrelato)

  Gruñía, sin apartar sus ojos negros del ladrón. A través de sus dientes el veneno brotaba espumoso, por esa razón íbamos de camino al ve...